sábado 27 de agosto de 2011

Der Räuber

El nuevo cine alemán trae buenos filmes como el thriller Der Räuber (The Robber), de Benjamin Heisenberg. Cuenta la desquiciada carrera de Johannes Rettenberger por llegar a una meta indefinida. Rettenberger (Andreas Lust), personaje basado en la vida real, tiene un talento excepcional tanto como corredor de maratón como robando bancos ( viejo hobbie que lo llevó a la cárcel por años), y usa sus dotes de atleta para huir a piernas sueltas, con máscara y maletín lleno. El director le agrega al personaje una única relación con la humanidad: una mujer llamada Erika (Franziska Weisz).

Así pasa toda la película, en este combinado ejercicio de atracar y correr, sin que tengamos una clara idea del propósito de este personaje para quien el dinero no es realmente importante, como no sea una adrenalínica obsesión por transgredir las reglas sociales.

The Robber tiene secuencias magníficas como las persecuciones o el travelling de Rettenberger corriendo a campo traviesa, una notable banda sonora aunque corta, y un tempo a veces muy lento contrastando con la velocidad que caracteriza al personaje. Ganó premio al Mejor Guión en el Festival de Gijón, fue nominada al Oso de Oro, y lleva remake norteamericano para el 2012.



viernes 8 de julio de 2011

Todos somos Anita

Una fatídica mañana de julio de 1994, en el bonaerense barrio de Once, el edificio de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) estalló en mil pedazos, dejando un saldo de 85 muertos, igual número de familias destrozadas por la pérdida de sus seres queridos, centenares de heridos y una nación dolida y desconcertada, que todavía se pregunta por qué.

Pero a Marcos Carnevale (Elsa & Fred), director del filme Anita, que en estos días puede verse en el Teatro Tower de Miami, no le interesa adentrarse en cuestionamientos políticos, económicos o religiosos de esta tragedia, sino  en el drama humano que hay detrás. No muestra imagen del edificio de la Mutual, del derrumbe, la sangre, las personas muertas o agonizando, sólo un plano magistralmente logrado de la explosión, desde las vitrinas de una tiendecita vecina, y una niña que cae de unas escaleras, desobedeciendo a su madre, que antes de irse a cobrar su subsidio en la AMIA le advirtió que no se subiera en ellas.

La extrema crueldad, la inconsciencia y el egoísmo es el trasfondo de este drama de la mayor masacre sufrida en tierra argentina que, sin embargo, ostenta el candoroso título de Anita.

Y de eso se trata, de la inocencia e incapacidad de los hombres para comprender los atroces actos humanos, interrogante que desciende niveles de importancia y poder, para situarse en el escalón más bajo y verse desde la pequeñez de una criatura gordita y de baja capacidad mental a la que la masacre ha dejado huérfana y desprotegida, perdida en la inmensidad de Buenos Aires y que todavía espera que el palito largo del reloj toque el número 12, para que su mami (Norma Aleandro) vuelva, cuando ya hace rato que ella está muerta, que pasaron las 10 de aquella fatídica mañana, las horas y los días.

Anita es una niña especial, de 36 años, la edad biológica de una adulta que nació con síndrome de Down, pero ello no la incapacita para saber defenderse y brindar amor a sus semejantes. Anita adora las chocolatadas con vainillas del desayuno; espera que su hermano mayor (Peto Menahem) venga a visitarla para hacerla reír con su alboroto de cosquillas y pellizcos en la panza; duerme feliz, con la mano apretada a la de su mami, camita con camita, mientras ésta le canta una canción en jiddish; le gusta ayudarla a colocar los artículos de librería en los estantes de la tiendecita familiar; le gusta sentirse tan querida, y le disgusta que su hermano posponga la visita al zoo a ver a los elefantes, por ver la final de futbol.

Tampoco le gusta haber caído de la escalera, y que la tierra haya temblado de pronto en una explosión que la hace desprenderse de su refugio familiar y salir a la calle.

Anita vaga por una ciudad despersonalizada, vista desde lo alto, con planos aéreos, o bien con tomas desde abajo, sus zapaticos de charol y calcetines blancos en primer plano. Se topa con una galería de personajes diversos, un fotógrafo alcohólico (Luis Luque) que la ayuda a su manera, cuya identificación con la desprotegida está en la filosofía de sus palabras: “tú te caíste de la escalera, yo me caí de la vida”; la asiática dueña de un súper, imposibilitada como Anita, pero de ser feliz, que le brinda refugio a regañadientes mientras su hijo adolescente le concede un baile de rap; una enfermera de los suburbios(Leonor Manso), que llena con ella sus propias carencias afectivas. Todos están, como la desamparada a quien acogen, de alguna manera limitados.

Anita es filme sobrio, sin embargo; aunque muestra una tragedia nacional y se arriesga con un personaje que conmueve por su discapacidad, se cuida bien de no caer en sensiblerías, en esos golpes bajos que hacen saltar lágrimas fáciles. Tiene como protagonista a la actriz revelación Alejandra Manzo, con la especial particularidad de ser una persona real con síndrome de Down, de la mano de actores de gran oficio.

El guión es excelente en su primer tercio, pero algo fallido en el segundo por diálogos forzados o el detalle insostenible de que a nadie se le ocurra llevar a Anita a la policía. La historia se resuelve por fuerza dramática mayor: una invitación a la reflexión sobre este abominable crimen perpetrado al pueblo argentino que, junto a Anita, está incapacitado para comprender.

domingo 29 de mayo de 2011

El sueño celta del lector

Seguramente la última novela del flamante Premio Nobel de Literatura no se merece este malvado epíteto. Menos aún visto del lado de los irlandeses, cuya identidad y tradiciones milenarias el complejo, culto y esforzado personaje histórico del celta al que se refiere el título del libro tuvo como sueño reinvindicar.  Pero a estos lectores de vanidades literarias, cada vez menos aptos de leer librones, mortales del presente 2011, en medio de centenares de muertes en Costa de Marfil, a pocos meses de la tragedia de Japón o de la horrible fatalidad de Haití, calamidades terrestres que nos recuerdan la insoportable levedad que somos, tan bien descrita por Milan Kundera en una novela que sí nos provocó desvelos, nos cuesta ya meternos en libros de historia. Ya no leemos La Iliada, La Odisea... A poco menos de un año de que se acabe el mundo sería una pérdida de tiempo, comentarían los exponentes de esta corriente fatalista del fin de la humanidad en boga, una justificación más del hombre que no lee, y que refleja esa indolencia hacia el difícil cultivo de la inteligencia para dejarse llevar por el camino fácil de los placeres vacuos. 

Pero es que este sueño celta es un hueso demasiado duro de roer. La historia de Roger Casement que salió de su Irlanda natal y luego de su Inglaterra adolescente, en pos de un sueño o un sino: ahondar en las raíces del colonialismo, develando la degradación, la maldad y la crueldad humanas suena interesante e instructivo, pero una descripción exhaustiva y pormenorizada de cada incidente o suceso (con un sin número de fechas y lugares) y cada persona implicada en la historia, que conforma una vida colmada de sucesos, viajes y experiencias pueriles pero también de un sinfín de momentos insignificantes, repetitivos o poco atractivos es, más que biografía, más que historia novelada, más que fuente de aprendizaje y motivo de reflexión, un ladrillo literario.

Surcando mares y adentrándonos en los más intrincados territorios del Congo y la Amazonía, suman más tierras, puertos y personajes que los que el propio escritor pudo enumerar sin fatigarse... El celta es un personaje con historia, pero su historia larga, compleja y tortuosa, pesa más que el mismo protagonista. No se nos permite a los lectores acercarnos a su psicología, a la naturaleza de su alma, y tal vez por eso, sin dejar de comprender la inhumanidad del colonialismo y conocer los utópicos sueños y agonías de este buen celta en abstracto, no sufrimos con él. Roger Casement permanece tan distante e inmaterial como esos monarcas, presidentes, héroes y patriotas de los libros de historia.

Sin embargo, - y aquí viene la paradoja- ¡qué libro tan rigurosamente bien escrito! ¡Qué soltura y fibra de prosista magistral, qué facilidad de palabras! Lástima que la literatura, la buena, la de Vargas Llosa, nunca ha sido puro ejercicio de oficio, sin ser también, y sobre todas las cosas, hecha para deleitar, distraer, cautivar, fascinar a quien va destinada.     

El sueño del celta cada vez se pone más celta, y sus interminables páginas no están hechas a prueba de somníferos: nos ganan la pelea por knockcout. Pero en el territorio ensoñador de sus lectores permanece el insomne deleite de esas geniales obras del autor que han sido Conversación en la Catedral, Historia de Mayta, La Tía Julia, La casa verde, El paraíso en la otra esquina... y hablar de esas maravillas sí que requeriría un montón de páginas.

martes 8 de febrero de 2011

The Social Network

                                                             Historia de un invento

Las ansias de estudiantes de Harvard por crear algo que haga historia y hacerse notar se concentran en la inquieta personalidad de Mark Zuckerberg, protagonista en el filme y en la vida real de uno de los inventos más lucrativos de la era de internet: la red social Facebook.
Pero este genio de la informática no ansía dinero sino un tipo de reconocimiento local, que inicialmente  abarca los predios de su universidad, y cuya meta, con visos de obsesión, es descollar de alguna forma para ganarse el honor de formar parte de un burgués y exclusivísimo club.
Así nace facebook, con cuatro gatos más, que entran y salen en diferentes etapas de este cuento y a los que el fundador roba una idea que vale oro o tima con engañifas, para terminar sufriendo un fastidioso juicio y pagando lo que debe, que a fin de cuentas es, para una fortuna inmensa, como “pagar una multa de tránsito”.
The Social Network basa gran parte de su lucimiento en Jesse Eisenberg, con un desempeño tan auténtico que no me imagino un Zuckerberg mejor. Andrew Garfield y Justin Timberlake también hacen su parte, este último con un carisma que se impone desde su puesto de actor secundario. La historia tiene magnífica progresión. Otro laurel se lo lleva la edición.  La película es, sin enorme entusiasmo, cinematográficamente correcta.
Pero, ah!, tiene una tremenda actualidad. Un filme que trata sobre una red social en pleno auge, en la que millones de cibernautas participan, es capaz de cautivar por lo menos a igual número de espectadores. Facebook hoy día no es sólo una tendencia o una moda, es casi un modo de vida.
Y atrás de todo hay una extraordinaria historia de éxito: la del multimillonario más joven del mundo. Mas se agradece que, con todos sus millones, el filme no lo mime. Tan pronto como en la primera secuencia, es acuñado por la novia, no precisamente como un nerd, sino como un imbécil; dos horas después, en la última escena del filme, la pasante en el juicio afloja un poco la mano: “no eres un miserable, sólo tratas muy duro de serlo”.
Al final, Zuckerberg no es más que un veinteañero superdotado, con muchos defectos y otro tanto de virtudes, que quiere recuperar la atención de una muchacha.

martes 21 de diciembre de 2010

Una silla llamada nostalgia

Ahí estaba, despreciada y abandonada como el viejo mueble que desplazamos a un lugar fuera de nuestras vidas, deseando que se lo lleven pronto de la entrada del pequeño edificio de paredes sucias, junto a las bicicletas oxidadas, las carriolas rotas, las macetas de yerbajos secos. La veía cada vez que pasaba por esa calle, junto al canal. Polvorienta, corroída, desaliñada, pero jamás fea.

En cierta ocasión, me acerqué al edificio y la miré de cerca, y hasta pude tocarla. Golpeé a la puerta delantera, la del apartamento N.1. Nadie abrió. Otro día rodeé el lugar; por el patio interior me adentré hacia la puerta trasera. Pulsé el timbre de otras viviendas vecinas. No hubo respuesta.

Días después me acerqué nuevamente; no era posible -me dije- que no hubiese un alma a quien preguntar en ese maldito inmueble. Toqué fuertemente a la primera puerta, y la hoja se abrió ante el empuje de mi mano. Asomé la cabeza curiosa: el piso estaba vacío, en remodelación. Latas de pintura y herramientas esparcidas por el suelo. Suspiré resignada.

Otras veces en que pasábamos en auto y a prisa por esa calle, me quedaba mirándola con una mezcla de pena y obligado desprendimiento.

Estos intentos de acercamiento duraron varios meses, en los que me acostumbré a verla allí, tirada en aquel portal, cada día más olvidada y arruinada, castigada por el sol, la lluvia, la indiferencia.

Una mañana en que caminaba con mis hijos hasta la playa, y ya casi la había olvidado, la volví a ver; una vez más me acerqué, por rutina. Toqué a esa puerta mecánicamente, pero esta vez escuché pasos, sonido de cerradura, y apareció un hombre en el umbral. Por su atuendo de pintor o albañil, supuse que se ocupaba de los arreglos del apartamento, o tal vez vivía allí.

- Hola, - le dije. - ¿Podría llevarme esa silla, si no le importa?, - pregunté sin más preámbulo.

El hombre me miró desprevenido, sin saber qué decir. Se rascó el cogote.

- Es que allí se sientan los muchachos del edificio, - balbuceó algo así.

- No hay problema. Yo traigo otra, - me apresuré, rotunda.

El albañil volvió a mirarme raro, miró el deteriorado mueble: una amalgama de óxido y mugre.

- ¿Y qué otra silla va a traer?...

Bajé la vista al suelo temiendo que leyera mi anhelo, me volví a los niños que esperaban impacientes.

- ¿Cuánto quiere por ella?, - resumí.

- Diga usted, - dijo el hombre, más animado.

- Le doy quince dólares, - propuse.

- Veinte, - arriesgó él.

- Ok, le traigo el dinero dentro de un rato.

- No se olvide, - advirtió el albañil, - estaré esperándola.

- No, no me olvido.

Por el camino mis hijos me reprocharon mi insólita actitud. “Mamá, ¡cómo vas a darle a ese hombre veinte dólares por una silla vieja!”. “¡No es una silla vieja, es una obra de arte!”, les respondí, feliz. ¡Pero está rota y oxidada!, seguían protestando, cuando al regresar me ayudaron a cargar el mueble hasta la casa.

Y es que esa butaca me recordaba demasiado mi infancia, a mi padre, que había traído dos de ellas desde París, en los años 70. Se había gastado un dineral en adquirirlas en las famosas tiendas de diseño de la Place Vendôme, y luego en enviarlas hasta el otro lado del Atlántico, a Cuba, donde habíamos nacido.

No más llegar a casa, tome esponja, y con agua y detergente me dispuse a limpiarla durante un buen rato. No logré gran cosa, aún. Ese fin se semana mi esposo y yo compramos varios productos, desde polvos y cremas abrasivas, para pulir los tubos de acero, hasta tintes para curtir la piel, terminando por uno de zapatos.

Finalmente, aquel trasto sucio y deteriorado que sufrió el abandono durante años volvió a ser una silla increíblemente hermosa.

Ciertamente, aunque muchos desconozcan su nombre original, y que fue más tarde rebautizado para homenajear a un famoso pintor, es el mueble de decoración más visto en todo el mundo, en revistas, enciclopedias de arte y películas donde figuran locaciones modernas. Se trata de la famosa butaca N. B3 creada por Marcel Brauer en 1925, en Alemania, que luego tomó el nombre de Wassily en honor a su amigo Kandinsky.


Con 85 años de antigüedad continúa siendo la butaca más vendida de la historia del diseño, habiendo ganado el reconocimiento de “obra de arte” del Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Y hoy, por esos entresijos del destino, ha vuelto a casa.




martes 26 de octubre de 2010

Peregrinos


Solferino
Los hombres necesitan a sus ídolos casi tanto como el aire que respiran. Parece haber una urgencia de apego casi devoto hacia esos seres – pensadores, artistas, músicos, políticos- que han dejado una herencia significativa al mundo, y convertidos en arquetipos de grandeza son idealizados por las mayorías. Aún más venerada esa figura espiritual cuando ya no es de este mundo, lleva al que adora a volverse peregrino, a desplazarse, a ir en busca de esos sitios sagrados vinculados al ídolo cuya ausencia ha transmutado en mito.
La nueva serie fotográfica del dúo Atelier Morales, “Peregrinos”, nos adentra en esos nostálgicos espacios no religiosos donde el ser humano encuentra asidero emocional a sus tradiciones y mitos. La muestra abarca una amplia variedad de lugares de peregrinación: La estatua de Chaplin en Vevey frente al lago de Ginebra, al sur de Suiza, donde vivió sus últimos años el genial artista, cuya viuda hizo erigir y sembró en derredor un tipo especial de rosas que llevan su nombre; la casa de Frida Kahlo que nos interna en el mundo espiritual de la pintora; la imagen del Che en la plaza de la Revolución como telón de fondo a turistas asiáticos; la estatua de John Lennon, sentado en el banco de un parque habanero, en la misma ciudad en que fue prohibida su música durante años; el monumento a Hemingway en el pueblo pesquero de Cojímar; la casa museo donde Trotsky fue asesinado, en Coyoacán; el puente peatonal de Solferino, en cuyas barandas los novios del mundo entero cierran unos candaditos conteniendo las iniciales de sus nombres, perpetuando de esta manera su amor; el puente de l’Alma en París, donde murió la princesa Diana y en cuya plaza ya existía un monumento: La Llama de la Libertad. Año tras año miles de visitantes colocan exvotos sobre ese santuario ajeno que ha perdido su flama original para avivar la llama con un nuevo nombre “La llama de lady Di”.
Otros ambientes de un sublime encanto, en esta serie que recorre diversos lugares del planeta, son los megalitos de Guadalupe en Portugal, un paraje prehistórico colmado de misticismo al que acuden peregrinos del mundo entero. En la rue de Verneuil 29, en París, la vivienda del desaparecido músico francés Serge Gainsbourg ha sido tomada por sus fans que han convertido la fachada en un santuario de graffiti, y en la ventana colocan cariñosamente un Gitane, el cigarrillo preferido del cantautor francés. El altar de Diego Rivera en San Pablo Tepetlapa, junto al museo Anahualli donde se conserva la magnífica colección de piezas prehispánicas del gran pintor es, tal vez, el más paradigmático ejemplo de esa “real maravillosa” seducción que mueve al peregrino, un ambiente mágico ante el cual un club de ancianos idólatras organizan bailes de danzón a manera de misa. Otro concurrido rincón es, curiosamente, una baliza flotante. La emblemática boya más visitada del mundo, en Key West, que marca la milla cero: el punto más al sur de los Estados Unidos y el más cercano entre este país y Cuba, es también el espacio geográfico que separa a las familias cubanas de ambos territorios; apenas 90 millas de un abrazo que continúa prohibido, por más de medio siglo.
Sitios de peregrinaje captados poéticamente por el lente de los artistas de Atelier Morales, que han colocado junto a sus obras dedicatorias o muestras recogidas de cada lugar, como una rosa de Chaplin, un candadito de Solferino, o los espejuelos metálicos reiteradamente hurtados a la estatua de John Lennon. Sitios todos que entrañan un encanto enigmático por la idea que representan, o el eterno misterio de lo que permanece, habiéndose ido.
La peregrinación hacia lugares que contienen un simbolismo es obra de la memoria humana que se empecina en prevalecer, más allá de la muerte biológica del ser. Los ídolos y mitos reencarnados en estatuas, calles, altares, fachadas, puentes o plazas, adquieren una dimensión que supera la física materialidad del lugar. Hay un hálito de melancolía flotando en el aire, esa presencia impregnada en cada espacio que nos habla de la inmortalidad del espíritu, de la poesía que une al peregrino con su objeto de adoración, y nos recuerda que los hombres y sus mitos están hechos del mismo material imperecedero que aviva la llama de la vida.

jueves 30 de septiembre de 2010

GenTV Noticias: entra y mira

La gran prerrogativa de un programa de noticias está en esa fuente de inagotable caudal informativo que es el múltiple y dinámico acontecer de una gran ciudad y del mundo. Al sustentarse en la vida como materia prima un noticiario tiene, con respecto a otros espacios televisivos, posibilidades infinitas de expresión. No necesita recrear, improvisar, imaginar o rehacerse cada cierto tiempo, porque su contenido tiene la propiedad de renovarse solo, de auto-regenerarse cada nuevo día, donde todo resurge y está ahí, con inéditos contenidos y facetas, al alcance de la mano. Un noticiario siempre está de estreno.
Pero la realidad es demasiado extensa como para ser captada y emitida indiscriminadamente. Por eso, y porque un programa de noticias tiene una determinada estética, y una línea de trabajo – el contenido a escoger, la elección del suceso es, en todas las instancias, su gran prioridad.
Cuando un noticiero de 30 minutos, como el de Univisión, por ejemplo, en sus noticias locales, basa una buena parte de su transmisión en lúgubres hechos de muerte, violaciones, suicidios, siniestros y otras calamidades, son hechos que han sido seleccionados por los directivos del programa en detrimento de otros múltiples eventos que ocurren diariamente en la ciudad. La propia negatividad que muestra obliga a que, en minutos finales, se termine acudiendo a una noticia favorable, bonita, esperanzadora, para no dejar a la teleaudiencia con un sabor amargo y una visión trágica de la vida. Todo está, pues, en un problema de discernimiento, de apreciación de lo que la comunidad hispana quiere y precisa ver. Pero, ¿tiene el televidente necesidad de llenarse la cabeza, en su tiempo de descanso, con una dosis diaria de miserias humanas, o, por el contrario, se beneficiaría más de informativos que le brinden una perspectiva de su ciudad y el mundo con realismo, pero también con buen gusto y creatividad?
Resalta hoy día, en el panorama de los noticieros hispanos, el espacio informativo del canal GenTV, (canal 8), apoyado por la empresa colombiana Caracol Televisión, que se trasmite de lunes a viernes en Miami y se ve en el mundo hispano. Varias cosas buenas posee este noticiero. Tiene el buen juicio de no caer en efectismos. No se deja deslumbrar por noticias puntuales y sensacionalistas: las muestra, pero su peso se afinca en un panorama más amplio y diverso de la noticia. Con una hora de duración, brinda información seria, amplia y bien seleccionada, que recoge hechos relevantes y actualizados de Latinoamérica y el mundo, con una sala internacional de noticias desde Bogotá, y diversos segmentos dirigidos a la política local y nacional, los deportes, el tiempo, la salud, incluido un mini-noticiero animado por muñecos, como nota graciosa y relajante. Tiene además, con respecto a otros espacios informativos en español, la ventaja de comenzar a las 9 de la noche – este sí, “una hora antes que los demás”-, un horario estelar en la programación hispana para aquellas personas que prefieren dedicar su preciado tiempo libre al disfrute de un noticiero de calidad.
Una gran ausencia se añora en él, sin embargo. El aspecto cultural – que la mayoría de los informativos confunden con novedades, chismes y escándalos de farándula -. Las múltiples y variadas opciones tan poco difundidas que brinda esta enorme ciudad para el disfrute artístico de sus habitantes, donde museos, bibliotecas, salas de teatro y otras entidades comunitarias, culturales y recreativas ofrecen, - incluso gratuitamente, en ciertos días de la semana y el mes -, concursos, clases de arte para niños y jóvenes, conciertos, exposiciones, actividades culturales al aire libre, etc., contrariamente al concepto generalizado de que la cultura en Miami es un privilegio de pocos -que la pueden costear- y una opción privativa para la mayoría de la gente. Se extraña dicha sección en este espacio informativo.
Desde su primera salida al aire en el 2006, este canal ha ido creciendo en audiencia y calidad y su espacio de más envergadura, el noticiero, nada tiene hoy que envidiar a otros informativos de televisoras celebérrimas y de mayor solvencia. Lo cual demuestra, una vez más, que las limitaciones económicas no están reñidas con la capacidad, la creatividad y la voluntad de hacer bien las cosas.

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