Una fatídica mañana de julio de 1994, en el bonaerense barrio de Once, el edificio de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) estalló en mil pedazos, dejando un saldo de 85 muertos, igual número de familias destrozadas por la pérdida de sus seres queridos, centenares de heridos y una nación dolida y desconcertada, que todavía se pregunta por qué.
Pero a Marcos Carnevale (Elsa & Fred), director del filme Anita, que en estos días puede verse en el Teatro Tower de Miami, no le interesa adentrarse en cuestionamientos políticos, económicos o religiosos de esta tragedia, sino en el drama humano que hay detrás. No muestra imagen del edificio de la Mutual, del derrumbe, la sangre, las personas muertas o agonizando, sólo un plano magistralmente logrado de la explosión, desde las vitrinas de una tiendecita vecina, y una niña que cae de unas escaleras, desobedeciendo a su madre, que antes de irse a cobrar su subsidio en la AMIA le advirtió que no se subiera en ellas.
La extrema crueldad, la inconsciencia y el egoísmo es el trasfondo de este drama de la mayor masacre sufrida en tierra argentina que, sin embargo, ostenta el candoroso título de Anita.
Y de eso se trata, de la inocencia e incapacidad de los hombres para comprender los atroces actos humanos, interrogante que desciende niveles de importancia y poder, para situarse en el escalón más bajo y verse desde la pequeñez de una criatura gordita y de baja capacidad mental a la que la masacre ha dejado huérfana y desprotegida, perdida en la inmensidad de Buenos Aires y que todavía espera que el palito largo del reloj toque el número 12, para que su mami (Norma Aleandro) vuelva, cuando ya hace rato que ella está muerta, que pasaron las 10 de aquella fatídica mañana, las horas y los días.
Anita es una niña especial, de 36 años, la edad biológica de una adulta que nació con síndrome de Down, pero ello no la incapacita para saber defenderse y brindar amor a sus semejantes. Anita adora las chocolatadas con vainillas del desayuno; espera que su hermano mayor (Peto Menahem) venga a visitarla para hacerla reír con su alboroto de cosquillas y pellizcos en la panza; duerme feliz, con la mano apretada a la de su mami, camita con camita, mientras ésta le canta una canción en jiddish; le gusta ayudarla a colocar los artículos de librería en los estantes de la tiendecita familiar; le gusta sentirse tan querida, y le disgusta que su hermano posponga la visita al zoo a ver a los elefantes, por ver la final de futbol.
Tampoco le gusta haber caído de la escalera, y que la tierra haya temblado de pronto en una explosión que la hace desprenderse de su refugio familiar y salir a la calle.
Anita vaga por una ciudad despersonalizada, vista desde lo alto, con planos aéreos, o bien con tomas desde abajo, sus zapaticos de charol y calcetines blancos en primer plano. Se topa con una galería de personajes diversos, un fotógrafo alcohólico (Luis Luque) que la ayuda a su manera, cuya identificación con la desprotegida está en la filosofía de sus palabras: “tú te caíste de la escalera, yo me caí de la vida”; la asiática dueña de un súper, imposibilitada como Anita, pero de ser feliz, que le brinda refugio a regañadientes mientras su hijo adolescente le concede un baile de rap; una enfermera de los suburbios(Leonor Manso), que llena con ella sus propias carencias afectivas. Todos están, como la desamparada a quien acogen, de alguna manera limitados.
Anita es filme sobrio, sin embargo; aunque muestra una tragedia nacional y se arriesga con un personaje que conmueve por su discapacidad, se cuida bien de no caer en sensiblerías, en esos golpes bajos que hacen saltar lágrimas fáciles. Tiene como protagonista a la actriz revelación Alejandra Manzo, con la especial particularidad de ser una persona real con síndrome de Down, de la mano de actores de gran oficio.
El guión es excelente en su primer tercio, pero algo fallido en el segundo por diálogos forzados o el detalle insostenible de que a nadie se le ocurra llevar a Anita a la policía. La historia se resuelve por fuerza dramática mayor: una invitación a la reflexión sobre este abominable crimen perpetrado al pueblo argentino que, junto a Anita, está incapacitado para comprender.
