martes 21 de diciembre de 2010

Una silla llamada nostalgia

Ahí estaba, despreciada y abandonada como el viejo mueble que desplazamos a un lugar fuera de nuestras vidas, deseando que se lo lleven pronto de la entrada del pequeño edificio de paredes sucias, junto a las bicicletas oxidadas, las carriolas rotas, las macetas de yerbajos secos. La veía cada vez que pasaba por esa calle, junto al canal. Polvorienta, corroída, desaliñada, pero jamás fea.

En cierta ocasión, me acerqué al edificio y la miré de cerca, y hasta pude tocarla. Golpeé a la puerta delantera, la del apartamento N.1. Nadie abrió. Otro día rodeé el lugar; por el patio interior me adentré hacia la puerta trasera. Pulsé el timbre de otras viviendas vecinas. No hubo respuesta.

Días después me acerqué nuevamente; no era posible -me dije- que no hubiese un alma a quien preguntar en ese maldito inmueble. Toqué fuertemente a la primera puerta, y la hoja se abrió ante el empuje de mi mano. Asomé la cabeza curiosa: el piso estaba vacío, en remodelación. Latas de pintura y herramientas esparcidas por el suelo. Suspiré resignada.

Otras veces en que pasábamos en auto y a prisa por esa calle, me quedaba mirándola con una mezcla de pena y obligado desprendimiento.

Estos intentos de acercamiento duraron varios meses, en los que me acostumbré a verla allí, tirada en aquel portal, cada día más olvidada y arruinada, castigada por el sol, la lluvia, la indiferencia.

Una mañana en que caminaba con mis hijos hasta la playa, y ya casi la había olvidado, la volví a ver; una vez más me acerqué, por rutina. Toqué a esa puerta mecánicamente, pero esta vez escuché pasos, sonido de cerradura, y apareció un hombre en el umbral. Por su atuendo de pintor o albañil, supuse que se ocupaba de los arreglos del apartamento, o tal vez vivía allí.

- Hola, - le dije. - ¿Podría llevarme esa silla, si no le importa?, - pregunté sin más preámbulo.

El hombre me miró desprevenido, sin saber qué decir. Se rascó el cogote.

- Es que allí se sientan los muchachos del edificio, - balbuceó algo así.

- No hay problema. Yo traigo otra, - me apresuré, rotunda.

El albañil volvió a mirarme raro, miró el deteriorado mueble: una amalgama de óxido y mugre.

- ¿Y qué otra silla va a traer?...

Bajé la vista al suelo temiendo que leyera mi anhelo, me volví a los niños que esperaban impacientes.

- ¿Cuánto quiere por ella?, - resumí.

- Diga usted, - dijo el hombre, más animado.

- Le doy quince dólares, - propuse.

- Veinte, - arriesgó él.

- Ok, le traigo el dinero dentro de un rato.

- No se olvide, - advirtió el albañil, - estaré esperándola.

- No, no me olvido.

Por el camino mis hijos me reprocharon mi insólita actitud. “Mamá, ¡cómo vas a darle a ese hombre veinte dólares por una silla vieja!”. “¡No es una silla vieja, es una obra de arte!”, les respondí, feliz. ¡Pero está rota y oxidada!, seguían protestando, cuando al regresar me ayudaron a cargar el mueble hasta la casa.

Y es que esa butaca me recordaba demasiado mi infancia, a mi padre, que había traído dos de ellas desde París, en los años 70. Se había gastado un dineral en adquirirlas en las famosas tiendas de diseño de la Place Vendôme, y luego en enviarlas hasta el otro lado del Atlántico, a Cuba, donde habíamos nacido.

No más llegar a casa, tome esponja, y con agua y detergente me dispuse a limpiarla durante un buen rato. No logré gran cosa, aún. Ese fin se semana mi esposo y yo compramos varios productos, desde polvos y cremas abrasivas, para pulir los tubos de acero, hasta tintes para curtir la piel, terminando por uno de zapatos.

Finalmente, aquel trasto sucio y deteriorado que sufrió el abandono durante años volvió a ser una silla increíblemente hermosa.

Ciertamente, aunque muchos desconozcan su nombre original, y que fue más tarde rebautizado para homenajear a un famoso pintor, es el mueble de decoración más visto en todo el mundo, en revistas, enciclopedias de arte y películas donde figuran locaciones modernas. Se trata de la famosa butaca N. B3 creada por Marcel Brauer en 1925, en Alemania, que luego tomó el nombre de Wassily en honor a su amigo Kandinsky.


Con 85 años de antigüedad continúa siendo la butaca más vendida de la historia del diseño, habiendo ganado el reconocimiento de “obra de arte” del Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Y hoy, por esos entresijos del destino, ha vuelto a casa.




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