martes 26 de octubre de 2010

Peregrinos


Solferino
Los hombres necesitan a sus ídolos casi tanto como el aire que respiran. Parece haber una urgencia de apego casi devoto hacia esos seres – pensadores, artistas, músicos, políticos- que han dejado una herencia significativa al mundo, y convertidos en arquetipos de grandeza son idealizados por las mayorías. Aún más venerada esa figura espiritual cuando ya no es de este mundo, lleva al que adora a volverse peregrino, a desplazarse, a ir en busca de esos sitios sagrados vinculados al ídolo cuya ausencia ha transmutado en mito.
La nueva serie fotográfica del dúo Atelier Morales, “Peregrinos”, nos adentra en esos nostálgicos espacios no religiosos donde el ser humano encuentra asidero emocional a sus tradiciones y mitos. La muestra abarca una amplia variedad de lugares de peregrinación: La estatua de Chaplin en Vevey frente al lago de Ginebra, al sur de Suiza, donde vivió sus últimos años el genial artista, cuya viuda hizo erigir y sembró en derredor un tipo especial de rosas que llevan su nombre; la casa de Frida Kahlo que nos interna en el mundo espiritual de la pintora; la imagen del Che en la plaza de la Revolución como telón de fondo a turistas asiáticos; la estatua de John Lennon, sentado en el banco de un parque habanero, en la misma ciudad en que fue prohibida su música durante años; el monumento a Hemingway en el pueblo pesquero de Cojímar; la casa museo donde Trotsky fue asesinado, en Coyoacán; el puente peatonal de Solferino, en cuyas barandas los novios del mundo entero cierran unos candaditos conteniendo las iniciales de sus nombres, perpetuando de esta manera su amor; el puente de l’Alma en París, donde murió la princesa Diana y en cuya plaza ya existía un monumento: La Llama de la Libertad. Año tras año miles de visitantes colocan exvotos sobre ese santuario ajeno que ha perdido su flama original para avivar la llama con un nuevo nombre “La llama de lady Di”.
Otros ambientes de un sublime encanto, en esta serie que recorre diversos lugares del planeta, son los megalitos de Guadalupe en Portugal, un paraje prehistórico colmado de misticismo al que acuden peregrinos del mundo entero. En la rue de Verneuil 29, en París, la vivienda del desaparecido músico francés Serge Gainsbourg ha sido tomada por sus fans que han convertido la fachada en un santuario de graffiti, y en la ventana colocan cariñosamente un Gitane, el cigarrillo preferido del cantautor francés. El altar de Diego Rivera en San Pablo Tepetlapa, junto al museo Anahualli donde se conserva la magnífica colección de piezas prehispánicas del gran pintor es, tal vez, el más paradigmático ejemplo de esa “real maravillosa” seducción que mueve al peregrino, un ambiente mágico ante el cual un club de ancianos idólatras organizan bailes de danzón a manera de misa. Otro concurrido rincón es, curiosamente, una baliza flotante. La emblemática boya más visitada del mundo, en Key West, que marca la milla cero: el punto más al sur de los Estados Unidos y el más cercano entre este país y Cuba, es también el espacio geográfico que separa a las familias cubanas de ambos territorios; apenas 90 millas de un abrazo que continúa prohibido, por más de medio siglo.
Sitios de peregrinaje captados poéticamente por el lente de los artistas de Atelier Morales, que han colocado junto a sus obras dedicatorias o muestras recogidas de cada lugar, como una rosa de Chaplin, un candadito de Solferino, o los espejuelos metálicos reiteradamente hurtados a la estatua de John Lennon. Sitios todos que entrañan un encanto enigmático por la idea que representan, o el eterno misterio de lo que permanece, habiéndose ido.
La peregrinación hacia lugares que contienen un simbolismo es obra de la memoria humana que se empecina en prevalecer, más allá de la muerte biológica del ser. Los ídolos y mitos reencarnados en estatuas, calles, altares, fachadas, puentes o plazas, adquieren una dimensión que supera la física materialidad del lugar. Hay un hálito de melancolía flotando en el aire, esa presencia impregnada en cada espacio que nos habla de la inmortalidad del espíritu, de la poesía que une al peregrino con su objeto de adoración, y nos recuerda que los hombres y sus mitos están hechos del mismo material imperecedero que aviva la llama de la vida.

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